De Opinión de Marisa / Nacional

Y por primera vez en la historia, este año México no vivió

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El grito de este año se esperaba como el de todos los anteriores, los mexicanos nos hemos acostumbrado en años recientes al acarreo de gente para llenar la plancha del zócalo de la Ciudad de México, y este año no había porque esperar algo diferente.

Asi llego el 15 de septiembre del 2015, el grito de “la mitad del sexenio” con un país que no atraviesa su mejor momento, símbolo de ello fue la cancelación de la tradicional cena en Palacio Nacional, bajo el argumento de “austeridad”. ¿Austeridad? ¿Cuándo el gobierno ha practicado esta estrategia?

Enrique Peña Nieto apareció en los medios y las televisoras, con el nacionalismo y garbo impotente de dicha ceremonia que año con año nos deslumbra o enorgullece (según sea el caso) protagonizado por los generales del ejército entregando tan bella bandera en una ceremonia tan honrosa, Y así salió Peña al balcón presidencial, portando un traje negro con corbata a rayas grises con la banda presidencial perfectamente bien enfundada, cargando a su espalda el 39 por ciento reprobatorio que le dan las encuestas de aceptación a enfrentarse a un pueblo al que lleva 3 años dándole la espalda.

El grito transcurrió no sólo como todos los anteriores (corto y sin salir del guión) fue un grito más como todos los de la historia, personalmente no encontré variante alguna. La variante más grande fue del otro lado de la historia, en el zócalo de la ciudad, un zócalo que lució semivacio (a pesar de los acarreados comunes) un zócalo que lució triste, un zócalo que por primera vez en la historia “no vivió”.

En ese mismo zócalo en el que los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa han exigido justicia junto con miles de ciudadanos, en la misma explanada en donde se quemo una “piñata” com la figura del presidente portando una nariz de payaso el 20 de noviembre del 2014 se pedía gritar “viva” a un país que aún no deja de llorar a sus muertos. Ni los grupos invitados (La Arrolladora) ni el espectáculo que se ofrece año con año, lograron llenar la ceremonia, sorprendente fue ver por primera vez (al menos para mi) un Zócalo tan vacío con rostros tan sobrios, sin ánimo ni nacionalismo. Como bien dijo mi papa “cuando el mexicano grita, lo hace con la pasión y el sentimiento que lo caracteriza” y en esta ocasión gritó el desamor al país.

No puedo evitar cuestionarme; ¿será así la nueva tradición del 15 de septiembre? ¿Llenando el zócalo a la fuerza con gente que refleja en sus rostros el hartazgo que todos vivimos diariamente? ¿Hasta cuándo será necesario obligar a la gente a ir a una ceremonia que anteriormente hacía por pasión y orgullo? ¿Será este el comienzo del fin del nacionalismo ciego que nos había caracterizado a los mexicanos? Pero mi principal preocupación es: ¿Volveremos algún día a gritar con verdadero orgullo Viva México?

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