Crónica de la cuarentena: Y de repente me obligaron a parar.

Risiblemente me doy cuenta, que a inicios de este año publiqué un podcast de “lo que traería el año 2020”, con todo el convencimiento y autoritarismo con el que todos nos movíamos a finales del 2019, creyéndome – o creyéndonos  – dueños de la certeza, de nuestros planes y de la verdad. En todo mi audio, jamás apareció la palabra pandemia, crisis, unión mundial, cuarentena y mucho menos coronavirus, me atrevo a decirte que eran palabras que no pasaban por mi cabeza.

Y aquí estamos, 3 meses después de empezar esta nueva era, pasmados, enfrentándonos con una de las lecciones de vida que estoy segura nos marcarán en todos los sentidos.

Te voy a platicar mi caso, desde finales del 2019 me impuse a mi misma; a “dar más” este 2020,¿dar más?, si, exigirme más, crear más, trabajar más, producir más, creyendo ironicamente que así: “sería más”.

Desde hace 3 años tengo un “full time job” un tanto demandante, que muchos consideran que debería de ser suficiente para mis exigencias. Pero no fue así, es este 2020 con mi nuevo mantra de “hacer más” decidí entrar a dar clases, una responsabilidad que además de tiempo fijo en la agenda me demanda tiempo variable en la planeación del contenido de mis 5 horas semanales. No lo consideré suficiente y me propuse también retomar mi proyecto personal, con contenido de calidad en el podcast, blog, cuenta de Instagram, y colaborar en otras plataformas haciendo lo que tanto me gusta.

Así se dividia mi semana; desayunar, correr al trabajo, venir a mi casa a comer con mi marido, correr a la oficina de regreso, correr a la Universidad a dar clase, salir 8 pm para ir al super por lo que faltaba para la semana y llegar a ver que iba a postear en el podcast esa semana.

¿Cansada? si, ¿motivada? también, ¿harta? a veces…

Pero me concentro en una frase que me hace entender que el crecimiento no se consigue sin sacrificio y un poco de incomodidad; “el musculo se tiene que desgarrar para crecer”. En otras palabras, tengo que chingarle, y hacer más, para “ser más”.

Y de repente llegó marzo, y mi rutina se frenó en seco; adiós agenda mediática en tu full time job, adiós clases en la universidad, adiós alumnas por un momento, adiós proyectos pendientes para estos meses, adiós planes sociales (a los que también me exigía asistir debidamente) y hola “cuarentena por coronavirus”.

¿Corona – qué? Junto con tanto adiós y un enfrenon de golpe como el que muchos nos dimos llegaron los miedos; miedo a que mi esposo tiene asma, a que mi hermano esta lejos de mi en esta crisis, a que como adulta entiendo ya que mis papas también lo son y a que las noticias y redes sociales nos hacen ser conscientes de la realidad con la que nos vamos a enfrentar.

Junto con los miedos, llegaron las ansiedades, y junto con las ansiedades las ganas de evadirlas; ¿y ahora como las evado si no tengo una oficina, universidad, contenido y clases a donde correr?.

Y con consejos de enormes amigas me decidí a dejarlas fluir, a sentirlas sin juzgarme y a escuchar esa parte de mi cuerpo que al parecer llevaba meses gritando en silencio.

Aquí algo de lo que descubrí;

No solo yo, todos, vivimos en una cultura de exigencia extrema en todos los sentidos; a hacer ejercicio, ser los más fuertes, los más capaces, los más inteligentes, los más productivos, a producir más, a ingresar más dinero, a fomentar más amistades, a ser más sociables, a no fallar compromisos. Movidos por una competencia extrema que nosotros mismos nos imponemos con la exposición continua de redes sociales; ser mejor esposa como “fulanita”, estar más fit y marcada del cuerpo como “perengana”, ser más sociable como “marianita” y la lista y presión, continua en todos los aspectos.

No me atrevo a decir que el “coronavirus” llegó con la intención de obligarnos a parar porque me parece inconsciente pensar que tienen que estar falleciendo miles de seres queridos de miles de seres humanos al rededor del mundo para que nosotros aprendamos una lección. Pero sin la intención de decir que llegó con ese objetivo, si creo que deberíamos de tomarlo como tal.

Aquí estoy, humana, con miedos -trabajando en ellos- y acercándome tanto a la gente que quiero; llamándole diario a mi abuela, hablando todavía más con mi hermano, mostrándome humana con mi mamá, demostrandole mi amor a distancia a mi papá -porque no lo veo momentaneamente para lo exponerlo- y fomentando en todos los grupos y en todas las redes sociales en las que antes tanto competíamos que soy frágil y que se vale serlo.

Instagram pasó de ser una plataforma de frialdad materialista a un espacio de apoyo colectivo; en donde ahora se dan clases, lecciones y meditaciones gratis, en donde nos preguntamos los unos a los otros como nos sentimos, en donde compartimos el lado más humano de cada país y de cada vecino, en donde intentamos hacer consciencia de que hay grupos vulnerables a los que tenemos que proteger y que todos somos vulnerables del miedo que esto nos produce.

Pero un minuto… ¿qué pasó con todos esos planes del 2020? A estas alturas ya deberíamos de estar en las elecciones primarias de los Estados Unidos, y preparándonos para las Olimpiadas de Tokyo, y analizando los resultados del Brexit y…

C O R O N A V I R U S   P A S Ó

¿Y ahora, que va a pasar?, ¿Hasta cuando vamos a estar así?, ¿Qué sigue después de esto?, ¿Como vamos a cerrar el año?

Resultaria inútil suponer, tan inútil como resultó “planear todo” lo que este año nos traería.

¿Cuál ha sido mi lección de esta crónica de cuarentena en estos primeros días de aislamiento?

No tiene caso angustiarnos por lo que sucederá… visto está que las cosas no pasan como uno las supone.

¿Entonces? Vivamos esté día dando lo mejor de nosotros, solo así podremos construir un mejor futuro sea cual sea el destino que nos depare.

Hoy, solo puedo hacer lo mejor, valorar, querer, apreciar, disfrutar lo que tengo, controlar mi presente nada más, vivir solamente en el HOY.

MLC

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